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lunes, 26 de diciembre de 2011

Una tarde de Junio.

Se despidió de Ricardo en el gimnasio y anduvo un rato calle abajo, pensativo. Apenas quedaban cuarenta días y se jugaba todo a cara o cruz. Giró a la izquierda en Palos de la  frontera y aligeró el paso hasta llegar al cruce con Santa María de la Cabeza. Allí le esperaba Evita, sentada en el desgastado banco del parque. Su familia era de clase normal y trabajadora. La conoció en el bar de Isidro, jugando al billar con Víctor, Vicente y compañía. A partir de ese momento fueron dos partes de un todo. Siempre pensó que las mujeres daban ostias mas fuertes que los boxeadores, que las había muy perras y jodidas, y que podían hundirte la vida. Pero no Evita, ella no. Ella era muy simpática y muy madura para su edad.

El frío tardío de aquellos primeros de Junio le estaba haciendo engordar más de la cuenta. Aquello no era bueno si quería dar el peso antes del combate. No obstante, confiaba en la preparación que estaba llevando. A pesar de las juergas de los jueves en el Archy, siempre intentaba levantarse temprano para correr, volvía, descansaba algo y se iba al gimnasio. Así estaba haciendo cada día desde hacía seis meses. A sus veintidós años ya era el rey y podía permitirse cualquier cosa. Después de seis defensas exitosas del campeonato de Europa de los ligeros, deseaba con todas sus fuerzas que llegara ese 27 de Julio. El había crecido en la dureza y el futuro incierto de su Vallecas natal. Nadie lo podía parar, pensó.

Llegó junto al banco y después de un cálido abrazo, besó a Evita en la frente. Seguían el mismo ritual desde que la conoció en el bar de Isidro y la acompañó, ya entrada la noche, hasta la casa de sus padres donde ella vivía. Siempre fue así aunque hoy era la última noche antes de cruzar el charco con destino Norfolk, Virginia. Dejó la bolsa de entreno en el suelo y tomó asiento. No se dijeron nada. Ella se limitó a hacerle muda compañía durante un largo rato mientras apuraba tranquila el pitillo. Durante ese silencio eterno que le pareció un océano, vislumbró confuso, -quizá por la falta de luz-,  junto a la zapatería de enfrente, el espectro de su cuerpo cayendo a la lona del cuadrilátero. También vio a un negro potente y rabioso,  pleno de forma y facultades, vapuleando sus sueños y su alma dentro de un ring de boxeo. Todo eso pasó por su quijotera antes de que Evita rompiera el silencio con un, ¿Qué te pasa, cariño?. Poli Díaz no contestó. No dijo nada por no preocuparla pero esa noche supo que pronto, demasiado pronto para digerirlo, el fracaso llamaría a su puerta y el futuro saltaría por su ventana. Y que en un suburbio de Norfolk, Virginia, los sueños eran aún más caros en Vallecas.

jueves, 17 de noviembre de 2011

Robert Johnson, maestro.

" El blues no es más que un hombre que se siente mal pensando en la mujer con la que estuvo una vez"

Robert Johnson.
Fue el rey de los cantantes de blues del delta. Escapó en varias ocasiones de los disparos efectuados por los maridos de sus amantes. En 1938 no pudo esquivar una dosis de veneno, y murió dejando un legado único para la historia. El mundo del blues en particular, y el de la música en general, está en deuda con un hombre fantasma, del que se desconoce la fecha y el lugar de nacimiento. Lo único que se puede asegurar es que su escasa obra, las veintinueve canciones que grabó en su acelerada y marginal existencia, son un documento imprescindible para entender la historia de este género mas vivo que nunca.
Johnson hizo un pacto con Satanás en un perdido cruce de caminos. Vendió su alma al diablo a cambio de tocar la guitarra como nadie; a cambio de convertirse en el mas grande de todos los bluesman. El príncipe de las tinieblas cumplió su parte, y Johnson se convirtió en el mejor. Ahora pone música al infierno en esas noches perras y calientes, impregnadas de humo y bourbon, con ese público de hijos de caín, que tuvieron en vida un porvenir mas negro que la piel de ese nieto de esclavos de lo mas hondo y oscuro de la desembocadura del Misisipi.

domingo, 13 de noviembre de 2011

Patrick Bateman y los mercados

Tenía veintisiete años, graduado y con máster en la escuela de negocios de Harvard. Vivía en el edificio Americans Gardens, rodeado de la riqueza y sofisticación de la alta sociedad de Manhattan y Wall Street. Buceando en ella. Cultivaba su cuerpo y su apariencia prestando una extrema atención, sin duda obsesiva, a las marcas y el diseño.  Su máximo placer, -lo recuerdo como si lo hubiera leído hoy-, era vestir camisas de Ike Behar, trajes oscuros de Ralph Lauren, y corbatas de Hugo Boss. Era vicepresidente del departamento de fusiones y adquisiciones en Pierce & Pierce. Tenía novia y multitud de amantes a las que se follaba con una sola llamada. Gozaba perfumándose con colonias caras y se ventilaba circulando al volante de lujosos coches europeos. Ese era Patrick Bateman. El Patrick Bateman que imaginó  Bret Easton Ellis y que describió, en primera persona, en su American Psycho.

Además, este jambo era un asesino en serie, un caníbal y un follador ultraviolento. Un tipo obsesionado por el consumismo y los mercados. Un depredador sin sentimientos. Un psicópata ilustrado. Un yuppy ejecutor y sicario del mal de esta bola que llamamos tierra en este pasado fin de siglo.


Esta mañana me acordé de el al levantarme mientras ojeaba la prensa. Banqueros, políticos; esa gente importante y su fauna íntima y coadjutora, se pueden saltar, -sin angustia de ninguna clase, sin remordimientos y con total impunidad-, cualquier principio ético. No hablemos ya de las leyes, que las conciben para incumplirlas. Pero solo ellos; los demás somos cautivos encadenados, sumisos y obedientes. Ellos dominan, humillan, corrompen y matan. Son los místicos del mal. Se creen supermanes que salvan a la humanidad de una realidad siniestra e insolidaria. La ausencia de conducta y moralidad los delata. Es su común denominador. Ellos, -las mil caras que se esconden detrás de “los mercados”-, nos quieren sacar de esta. Así. Como lo estamos viendo. Sin anestesia, y poniendo y quitando presidentes, primeros ministros, directores generales de bancos y entidades supranacionales, etc. Como si fueran el Guerrero del Antifaz que luchan por salvarnos de los malos.


Y seguía dándole a la quijotera esta mañana y me decía a mi mismo: “Toni, estamos jodidos”. Si esto acaba por ser así, es ya la hora de prepararse, no para el silencio, sino para el aullido infernal e insaciable del cordero recién degollado. A fin de cuentas, Bret Easton Ellis se inspiró en ellos para imaginar a su Patrick. Oye, y lo bordó. Por Tutatis que lo bordó.


viernes, 22 de abril de 2011

El infierno de Timanfaya

Me siento al pairo y sigo contando el paso del tiempo. Esta vez, -como casi siempre-, con palabras usurpadas al recuerdo de algunos libros y distintos viajes. Se mire por donde se mire, el paso del tiempo es lo único que perdura. Cuando no hay vuelta atrás, el ser humano se convierte en esclavo de las cosas. Y del hechizo venéreo de la naturaleza. Hace ya algunos días lo vimos en Japón. Lo que persigo contar vino a suceder mucho antes de que existieran las nucleares, en una de las regiones mas desoladas de la tierra.
Aquello sobrevino el primer día de Septiembre de 1730 en Lanzarote. Esa bella islita de las Canarias situada encima del paso de casi todas las líneas magnéticas. La bola del mundo está cruzada por un conglomerado de ejes o líneas magnéticas que a veces armonizan en un mismo punto provocando extrañas sorpresas e influyendo sobre hombres y animales. Los antiguos creían mucho en eso, pero llegó el cristianismo y puso a la inquisición a trabajar para hacer olvidar esas profanas teorías. Por maléficas y supersticiosas. Cosas de brujas, ya se sabe. Irlanda también tiene muchas. Y la India. Y Birmania, e incluso Japón. Pero en ningún agreste lugar hay tantas como en Lanzarote. Caprichos de la naturaleza. Ese día, las blancas aldeas del suroeste del arrecife se vieron sorprendidas por la más fanática e injusta erupción volcánica de la que se tenga recuerdo. Aquel estallido de bravura duró seis años, sepultó varios pueblos y cubrió con un manto de lava y escoria la cuarta parte de la isla. Treinta nuevos volcanes se sumaron a los trescientos ya existentes y fue tanta la energía y el ardor desprendido que, aún hoy en algunas zonas, basta con profundizar unos centímetros en la tierra para tropezar de inmediato con temperaturas que superan cómodamente los 400ºC.  Aquello fue una batalla de años entre los ríos de lava ardiente que escupían los volcanes y el indomable mar de barlovento que ordenó para siempre, una costa dolida y tortuosa, temible y apocalíptica a la que nadie, en muchos años, osó aproximarse.
Hay veces que no hay vuelta atrás. Hay veces que la naturaleza toma vida propia, y el ser humano se convierte en esclavo de su entorno. Y siente miedo y sorpresa. Y  amenaza y desaliento. Y miran al cielo con el susto del que se sabe en un mar bravo. Y escuchan la tierra con el pánico que esconden los ojos delante de un cuchillo.
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martes, 22 de febrero de 2011

BAM; los que nunca ganaron. [Parte 2]

Durante muchos años, con Stalin al mando, las detenciones se distinguían precisamente por el hecho de que se detenía a gente que no era culpable de nada y que, por lo tanto, no estaba preparada para oponer resistencia. Shasa no lo hizo y tuvo estrella. Quizá fue la fatalidad o la providencia la que permitió que fuera subido, aún moribundo, en un rancio y añejo tren y enviado a las zonas pantanosas cercanas a Khani. Allí estuvo atareado, junto a unos cien mil de sus compatriotas reclusos, en la construcción de una parte de la ruta oriental del trazado Baikal-Amur. Con el sucio recuerdo de la derrota remachado en el paladar, Shasa, al tiempo, se inventó a sí mismo y logró escapar.
Treinta años después, en aquella reunión del Congreso, Alexey aún recordaba las palabras de su progenitor cuando las leyó siendo chinorri en su diario. Eso fue hace muchas primaveras y su padre nunca le llegó a contar nada. El miedo consiguió el efecto de la supervivencia para matar el hambre, y de la discreción para enmudecer y evitar la segura muerte.
Maduraba todo aquello. Agudizó el oido después de ese sonoro aplauso que duró minutos antes que la inmensa sala enmudeciera. Repasó las palabras de Leonid Brezhnev cuando, con una deslucida rigidez casi cubista, saltó al estrado y pronunció aquella famosa frase que aún crujía sutil en la cabeza de Alexey: “El BAM será terminado de construir con manos limpias solamente”. El 27 de abril del 74, cuando el primer contingente de jóvenes voluntarios dejó Moscú por la taiga siberiana, Alexey estaba entre ellos.
Ahora, al amparo de una roca helada con el sol en lo más alto y el viento gélido  refrescando su memoria, ahora, Alexey, ese ruso cabrón de carácter tranquilo, había ganado la partida. El círculo se había cerrado.


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lunes, 21 de febrero de 2011

BAM; los que nunca ganaron. [Parte 1]

Cuando el 17º Congreso del Komsomol declaró como prioritaria la tarea de terminar la línea de ferrocarril Baikal-Amur, Alexey Gólubev lo tuvo claro. Corría el año 1974 y acababa de cumplir los 30. La organización juvenil del Partido comunista de la URSS contaba con alrededor de 40 millones de camaradas y en ese congreso se habían propuesto finiquitar los 3.200 Km. pendientes de esa gigantesca empresa inacabada. La Obra del siglo.
Alexey, era hijo de una familia libertaria que le enseñó que, a pesar de las carencias, la pobreza y la opresión, la libertad era inseparable de la responsabilidad. Y la causa de la libertad individual era el más alto estímulo por el que morir o matar. Su padre, Sasha, había luchado en el frente Siberiano junto al general Timoschenko contra las tropas de Hitler en aquel invierno ruso de 1941-42 que fue el más duro y más frío del siglo, y entre cuyos entreactos helados alrededor del lago Ladoga se movían regimientos siberianos y cosacos para defender la causa de la independencia y la voluntad. Que no siempre es la misma, aunque lo parezca. Aquello ya quedaba muy distante. Muy remoto. Durante el cerco de los mil días. Poco después, en una de esas albas calmosas en que la tez apesta a sueño recién estrenado, una patada en la boca le despertó con temblor y confusión. Su nombre figuraba en una lista negra. Tan negra como lo era la muerte o el  desarraigo en el Gulaj cuando la enviaba Stalin.

(…continuará)

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martes, 11 de enero de 2011

Quijotes anónimos.


En esta historia no hay héroes artificiales ni chismes imaginarios. Los lugares llevan sus propios nombres y se corresponden a la realidad. Todo aconteció tal y como se relata. A los protagonistas no los nombro. Esa gente valiente y brava tiene derecho a olvidar.
Estuve once años allí. Todo empezó una oscura madrugada de luna nueva en Matanzas. Acostumbraban siempre a hacerlo por la noche. No éramos capaces de asimilar. El eco brutal de la patada en la puerta generó en mi confusión e incertidumbre. Luego todo se desarrolló muy rápido. Un fogonazo de linterna cegador y unas palabras: “No necesita nada. Allí le darán de comer”. Nunca olvidaré la fecha, lo juro. Ese 7 de Diciembre del 61 quedará grabado en mi memoria a sangre y fuego. Fui trasladado a San Severino y acusado de sabotaje por quemar unos campos de caña inexistentes. No pudieron demostrar nada. Aún así me sentenciaron a treinta años recién cumplidos los quince. Me llevaron a golpes y empujones al Estadium de Camagüey donde me esperaban unos doscientos muchachos más. El comandante Casillas nos dijo que habíamos llegado a la UMAP de donde solo saldríamos vivos si cumplíamos las órdenes de los oficiales al pie de la letra. Con razón o sin ella. El régimen de trabajo forzado empezaba a las cinco de la mañana y terminaba al oscurecer. Después, una clase política obligatoria y a las nueve, silencio. Al día siguiente, vuelta otra vez a la rueda. Nos despertaban golpeándonos con sables o cortando directamente las cuerdas de la hamaca. El sentimiento general de inocencia generaba una parálisis cerebral continua. Éramos tratados como esclavos y los castigos físicos y psicológicos eran continuos. Vi con mis propios ojos atar a hombres desnudos con alambre de púas que permanecían días enteros sin agua ni comida. De cuando en cuando, nos introducían en pozos dragados por nosotros y los llenaban de agua hasta que nos llegaba al cuello. Así permanecíamos cuatro días. En alguna ocasión fui arrastrado desnudo trincado al puente de la silla del caballo del oficial al mando. De mis labios resecos nunca se escapó un solo gemido. Nunca me dejé adoctrinar. No quise darles ese placer. En ocasiones, nos mutilábamos y nos cortábamos los tendones para poder salir a algún hospital y descansar de aquel infierno. Jamás pude escapar. Cuando aquello acabó me tiré al mar con unas gomas de tractor en busca del exilio. Me recogieron a veintinueve millas de Key West, en Florida. Era un día gris y aciago de Octubre del 72. Para mí en cambio fue un día luminoso y sobresaliente. Raro. Excepcional
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jueves, 23 de septiembre de 2010

Españoles en Alaska.

Dionisio Alcalá Galiano presentía el duro golpe que iba a sufrir la Armada Española en las costas de Trafalgar y estaba resuelto a palmar con honor. Dirigiéndose presto a su guardiamarina Butrón en el Bahama y señalándole la bandera española le dijo: “Cuida de no arriarla aunque te lo manden, porque ningún Galiano se rinde y ningún Butrón debe hacerlo.”
Después, en unos segundos que le parecieron horas, vio pasar su vida frente a él. Sentado en la banda de estribor, apurando el cigarrillo, el marino precavido recordó aquella expedición en compañía de Malaspina años antes, donde recibieron la orden de efectuar una detallada exploración de las costas de Alaska. Le acompañaba Cayetano  Valdés, y entre los dos, efectuaron reconocimientos ordenados de todo el litoral luchando contra las rápidas corrientes y los fuertes vientos encajonados entre altas montañas. La tensa calma también le sacó del olvido esas noches en vela documentándose sobre la cartografía del lugar.
Se dio cuenta en ese instante que la marina Española había completado un círculo inmenso: había sido la primera institución en llegar a América y la última en abandonarla. Quiso recapitular en su memoria. Total, solo quedaban pocas horas para su muerte y él lo sabía. Era un tipo valiente y con los cojones en su sitio. A su edad ya no podía permitir según qué cosas. Se acordó de Hernán Cortés, recién entrado el siglo XVI. De Rodríguez Cabrillo y Bartolomé Ferrero, alcanzando los 44º latitud norte. Cota mítica de tantas navegaciones. De Sebastián Vizcaíno y de los padres de la Compañía de Jesús, cuando a algunos reyes mediocres se les olvidó todo lo que no brillara como el oro.
La ceniza del cigarro le cayó encima quemándole la pernera. Se sacudió como pudo y continuó en su imaginaria lucha. Su particular tregua. A lo lejos, imaginó ver a Juan Pérez, a bordo de la fragata Santiago treinta años antes, alcanzando los 55º latitud norte, frente a las costas de Alaska. Sin duda eran los desvaríos de quien se sabía prematuramente muerto. Lo acompañaban Bruno de Heceta y Juan Manuel de Ayala. Pudo ver sus rostros, -como si estuvieran a su lado-, extenuados y presos del escorbuto. Cayó en la cuenta de lo que significó para España las tierras que se vinieron a llamar “las Altas Californias”, que se extendían desde San Francisco hasta el extremo superior del Continente americano.
En ese instante una lágrima le recorrió la mejilla. Sabía que, como tantas otras veces a lo largo de la historia, el tremendo esfuerzo llevado a cabo por unos cuantos hombres valientes, en dramáticas situaciones y calamidades sin fin, era arrojado por la borda por hombres sin escrúpulos. Hombres de palacio. También ahora, en la última encerrona en que los habían metido.  El sabía perfectamente, que fueron marinos españoles los que llevaron a cabo levantamientos cartográficos y acabaron de confeccionar todo el mapa de costa americana. Marinos con clase. Con Honor.
Por desgracia, todos aquellos nombres hispanos con que fueron bautizados los accidentes geográficos, serían barridos en años posteriores por otras potencias como vuelan las plumas en el aire.

P.D. El Bahama se batió heroicamente con dos navíos enemigos y en algún momento con tres. En la enérgica defensa que Galiano realizó de su buque, recibió primero una contusión en la pierna a consecuencia de un balazo que le dobló el sable. Después un astillazo en la cara que le hizo perder mucha sangre, negándose a dejar su puesto. Otra bala le arrebató el anteojo de las manos y, por último, un proyectil de cañón de mediano calibre le destrozó la cabeza quitándole la vida.
Desarbolado el buque y todo cubierto de cadáveres, el teniente de navío en quien recayó el mando, juzgando toda resistencia inútil y hallándose ya el navío falto de todo poder combativo, ordenó arriar la bandera, cosa que no tuvo que hacer el guardiamarina Butrón, que ya había sido herido gravemente. El furioso temporal que siguió al combate arrojó al Bahama contra la costa.

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martes, 24 de agosto de 2010

Riotinto. Sombras manchadas de sangre.


En la fría primavera de 1883, con veintiocho marzos recién cumplidos y procedente de Cuba, -en esos años aún España-, llegó a Riotinto, provincia de Huelva, Maximiliano Tornet. Días antes había sido expulsado de su Holguín natal por sus ideales anarquistas. Pronto empezó a laborar en la RioTinto Company Limited, consorcio británico que, desde hacía diez años, explotaba en depósito las minas onubenses. Sus elitistas dirigentes, educados en las public schools británicas, provenientes de una isla, alzaron incluso en Riotinto su propia “isla”, con sus propias costumbres. Todas malas, –tremendos pérfidos estos ingleses- y una sola buena, pues fueron ellos mismos, orgullosos, indecentes y altivos, los que abrieron la puerta del football en España. No en vano, como ya sabréis, es el Recreativo de Huelva, el club decano del futbol en esta nuestra hacienda.

Pero a lo que iba, la omnipotente compañía, dueña del suelo y del subsuelo, utilizaba un sistema de calcinación del mineral al aire libre, denominado “teleras”. Sistema este altamente contaminante y que, en la misma Inglaterra, había sido prohibido veinte años antes. Las condiciones de trabajo y de vida eran extremadamente duras y es por eso que, este hombre de acción, líder carismático y misterioso, pronto se encomendó a la misión requerida por su conciencia. La Justicia Social.

El 4 de febrero de 1888, guiado por una fe ciega en sí mismo y respaldado por sus ideales, llevó la revolución a sus últimas lumbres. Recién levantado y con la carraspera crónica provocada por el dióxido de azufre en la atmosfera, salió a la calle a alzar la voz de los sin voz. En pocas horas reunió a mineros, ganaderos y agricultores de la región y en una multitudinaria manifestación reclamó ante las autoridades el fin de las teleras. ¡Abajo los humos!, increpaban tranquilos y pacíficos. Océanos de voz, venidos a más, rumbeando por las calles, exigían la justa dignidad humana, social y laboral. Fue tanto el escándalo que en el propio ayuntamiento el alcalde, por temor o por duda, quiso escucharlos. Mientras en el consistorio los representantes y el regidor discutían airadamente, el gobernador civil de Huelva, un hijo de la gran puta llamado Agustín Bravo, llegó con un batallón de soldados a la plaza central para acabar con la protesta. Al precio que fuera; sin reparar en consecuencias. En pocos segundos, y apuntando a una masa indefensa de miles de personas, comenzaron a disparar a bocajarro. Después, en unos instantes que parecieron eternos, calaron bayoneta, y arremetieron contra los heridos, para acabar la faena. Los pocos lisiados que aún quedaban, aterrorizados, huyeron aplastándose unos a otros.

Jamás se supo el número de muertos. Todo se acalló; se silenció. En 1888, sin la internet y la prensa global, así se lo montaban. El 4 de febrero de ese año quedó marcado a sangre y fuego en la memoria popular durante muchos años. Los abusos continuaron y sobrepasaron el límite. La nube espesa de un aire que envenenaba las entrañas y el agua continuó asentada. Por eso hoy, puede ser un buen día para recordar que hubo hombres valientes, hombres de verdad, que lucharon para alcanzar lo que hoy entendemos innato. Natural.

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lunes, 9 de agosto de 2010

¿Quién mató a JFK?

En Octubre de 1962 Estados Unidos descubre que la URSS está construyendo en Cuba las bases para hospedar 40 cabezas de misiles nucleares encaradas hacia Florida. Se le llamó, pasado un tiempo, la crisis de los misiles puesto que en esos días estuvo a punto de originarse la tercera guerra mundial. Era una crisis intensificada y recrudecida por la escalada atómica en esos años inciertos entre las dos grandes superpotencias del momento salidas de la segunda guerra mundial. Fue un duelo con tres actores principales; Kennedy, Krushev y Fidel Castro. Esta crisis terminó con un acuerdo entre Kennedy y Krushev mediante el cual el primero retiraba las cabezas nucleares de Turquía y el segundo las suprimía de Cuba. El tercer actor en discordia montó en cólera por haberse quedado fuera de la timba y eso fue, entre otros factores, lo que le costó la vida al presidente norteamericano más carismático de la historia poco más de un año después. Castro se la tenía jurada.
A las doce de la mañana del 22 de noviembre de 1963, el presidente John F. Kennedy llega a Dallas de visita. Mientras se trasladaba en un descapotable por las calles de la ciudad, Lee Harvey Oswald le pega un tiro con un rifle Mannlicher desde la sexta planta de la oficina de la Texas Book Depository donde trabajaba como bibliotecario. Detrás de esa muerte, tirando la piedra y escondiendo la mano, estaba el cobarde y pávido Fidel Castro Ruz. El Monstruo de Birán. Comandante en jefe de la Revolución Cubana aún en la actualidad. Ese mismo día, Fabián Escalante, director de los servicios de espionaje cubanos, había volado de La Habana a Dallas, con escala en México, y se había reunido con algunos de sus lugartenientes poco antes del trágico suceso para dar instrucciones. En alguna de las pruebas documentales y fotográficas de la posterior detención de Oswald aparecen, junto a la policía y el FBI y en segundo plano, esos mismos funcionarios del gobierno cubano con los que Escalante se había reunido horas antes.
Lee Harvey Oswald realizó un viaje a la Unión Soviética, en octubre de 1959, dispuesto a nacionalizarse en ese país llevado por sus ideales marxistas. Allí estuvo tres años, en los que trabajó, contrajo matrimonio, fue padre de una niña y se afianzo más en sus sueños y quimeras revolucionarias socialistas. En Moscú conoció además a algunos de los representantes del gobierno cubano que, en esa época, estudiaban la posibilidad de estrechar los vínculos -más si cabe- entre ambos países. Quién sabe si también conoció, de primera mano, el desarrollo de la operativa posterior que se vino a llamar la crisis de los misiles. En junio de 1962 regresó a EEUU en compañía de su esposa y la hija recién nacida de ambos. Oswald y su familia se establecieron primeramente en Fort Worth para, al cabo de pocos meses, establecerse en Dallas, ciudad desde la cual Lee Harvey Oswald comenzó a desarrollar una intensa actividad política en favor del líder revolucionario cubano. En el mes de marzo de 1963, Oswald se instaló en Nueva Orleans, y continuó su campaña procastrista con ahínco, hasta el punto de ser arrestado por repartir octavillas en favor de Cuba en lugares públicos de la ciudad y promover graves enfrentamientos con exiliados cubanos del castrismo. Incluso realizó dos intervenciones radiofónicas en las que se declaró abiertamente marxista. Definitivamente, era el hombre que necesitaba Fidel para hacer cumplir su sueño.
El motivo de Castro en mi opinión era personal, no político. Cada uno deseaba la muerte del otro. Kennedy lo intentó en su momento con la invasión de la bahía de Cochinos y algunos intentos de atentado posteriores y luego llegó el turno de Castro. Con Oswald no falló. La misma esposa de Kennedy, en algunas memorias que leí, estaba convencida de esta versión. De hecho, cuando posteriormente se casó con Onassis y abandonó EEUU es porque el griego era lo suficientemente poderoso y rico como para asegurarle protección allí donde se encontrara.
De cómo la mafia mató a Oswald días después y demás puntualizaciones a esta historia lo ventilaré en otra futura crónica. O lo sustentaré con palabras y una caña en la mano llegada la ocasión y si alguno se tercia. Si me buscáis la lengua podemos andar a la greña; os lo advierto. Incluso pasaré a las manos si no puedo defender con palabras, lo que escribo en este foso. Para que vayáis preparando el concepto. Si tenéis huevos.
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domingo, 4 de julio de 2010

A tu lado.


Quise correr sin esperar a sentir en ti la ilusión. 
Quise esperar sin correr tan rápido a tu corazón. 
Navegar en algún mar lejos de aquí. 
Donde pueda soñar, donde pueda esperar.
Tu sonrisa convencida cómplice de la pasión. 
Tu sonrisa apagada necesita una canción. 
Navegar en algún mar lejos de aquí. 
Donde pueda sentir tu ilusión. 
Donde pueda escuchar tu canción.
AVM – Verano del 94. Calor. Fin de siglo.

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lunes, 3 de mayo de 2010

El ejercito de Pancho Villa.


Hoy me voy a extender con una batallita. De memoria histórica. O histérica, según para quién. De esa que le falta a muchos de los que nos desgobiernan o nos representaron antaño. Incultos de la vida, ingentes analfabetos, ignorantes e iletrados con pintas.
En contra de lo que muchos sostienen en la actualidad, Bin Laden no fue el primero en atacar a EEUU en su propio territorio nacional. El mérito le corresponde a Pancho Villa, quien en 1916 cruzo el Río Bravo y atacó la ciudad de Columbus, en Nuevo México, donde mató a dieciséis personas. La invasión duró menos de diez horas.
Doroteo Arango, que así se llamaba Pancho Villa, nació campesino, huérfano y pobre. Cuando estalló la revolución en México ya llevaba varios años fugitivo por haberle pegado un tiro en la cabeza al propietario de la Hacienda donde trabajaba. Por negrero y por cabrón. Con los años, formó su propio ejército de bandoleros al norte de México, en la zona fronteriza con EEUU, al sur del Río Bravo.
Junto a ellos, y al lado de Carranza y Zapata –otros ilustres bandidos-, apoyó la lucha revolucionaria contra Huerta, tremendo cabrón que, sin contar con nadie y poniendo los cojones encima de la mesa, se había erigido en dictador. Juntos, lo derrotaron en 1914; pero dado que habían demasiados gallos en el gallinero, Zapata y Villa volvieron a tomar las armas, en esta ocasión contra Carranza. Esta vez, no tuvieron tanta suerte y Carranza se consolidó en el poder, logrando el reconocimiento oficial del gobierno de los Estados Unidos.
En un intento de mostrar que Carranza no controlaba el país y de enemistarle con el presidente norteamericano, Wilson, al amanecer del 9 de Marzo de 1916, un grupo de unos mil bandoleros al mando de Pancho Villa atacó el pueblo de Columbus, Nuevo México, como represalia al reconocimiento oficial del régimen carrancista por parte de EE. UU. y en busca del comerciante Sam Ravel (proveedor de armas y municiones que, según Villa, le había vendido mercancía en mal estado).
Pancho Villa y comparsa llegaron a Nuevo México y se liaron a tiros con todos los que encontraron a su paso, se emborracharon como las ratas y volvieron a su cuartel al otro lado de la frontera. No estuvieron ni diez horas en territorio hostil. Wilson, presidente por aquel entonces de los EEUU, mandó al mítico general Pershing a México para acabar con Pancho Villa; pero el conocimiento del terreno y la cobertura que le daba la población campesina de la zona le permitieron sostenerse durante cuatro años, a medio camino entre la guerrilla y el bandolerismo.
El Centauro del norte murió asesinado en una emboscada en Chihuahua unos años después cuando se dirigía a una fiesta familiar, emboscada promovida por Álvaro Oregón, que se había consolidado en la presidencia de México y temía nuevos levantamientos.
Aunque no se le aceptó en el panteón "de los héroes nacionales", sino hasta 20 años después de su muerte, su memoria se honra hoy por mexicanos, estadounidenses y personas de todo el mundo.

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