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lunes, 26 de diciembre de 2011

Una tarde de Junio.

Se despidió de Ricardo en el gimnasio y anduvo un rato calle abajo, pensativo. Apenas quedaban cuarenta días y se jugaba todo a cara o cruz. Giró a la izquierda en Palos de la  frontera y aligeró el paso hasta llegar al cruce con Santa María de la Cabeza. Allí le esperaba Evita, sentada en el desgastado banco del parque. Su familia era de clase normal y trabajadora. La conoció en el bar de Isidro, jugando al billar con Víctor, Vicente y compañía. A partir de ese momento fueron dos partes de un todo. Siempre pensó que las mujeres daban ostias mas fuertes que los boxeadores, que las había muy perras y jodidas, y que podían hundirte la vida. Pero no Evita, ella no. Ella era muy simpática y muy madura para su edad.

El frío tardío de aquellos primeros de Junio le estaba haciendo engordar más de la cuenta. Aquello no era bueno si quería dar el peso antes del combate. No obstante, confiaba en la preparación que estaba llevando. A pesar de las juergas de los jueves en el Archy, siempre intentaba levantarse temprano para correr, volvía, descansaba algo y se iba al gimnasio. Así estaba haciendo cada día desde hacía seis meses. A sus veintidós años ya era el rey y podía permitirse cualquier cosa. Después de seis defensas exitosas del campeonato de Europa de los ligeros, deseaba con todas sus fuerzas que llegara ese 27 de Julio. El había crecido en la dureza y el futuro incierto de su Vallecas natal. Nadie lo podía parar, pensó.

Llegó junto al banco y después de un cálido abrazo, besó a Evita en la frente. Seguían el mismo ritual desde que la conoció en el bar de Isidro y la acompañó, ya entrada la noche, hasta la casa de sus padres donde ella vivía. Siempre fue así aunque hoy era la última noche antes de cruzar el charco con destino Norfolk, Virginia. Dejó la bolsa de entreno en el suelo y tomó asiento. No se dijeron nada. Ella se limitó a hacerle muda compañía durante un largo rato mientras apuraba tranquila el pitillo. Durante ese silencio eterno que le pareció un océano, vislumbró confuso, -quizá por la falta de luz-,  junto a la zapatería de enfrente, el espectro de su cuerpo cayendo a la lona del cuadrilátero. También vio a un negro potente y rabioso,  pleno de forma y facultades, vapuleando sus sueños y su alma dentro de un ring de boxeo. Todo eso pasó por su quijotera antes de que Evita rompiera el silencio con un, ¿Qué te pasa, cariño?. Poli Díaz no contestó. No dijo nada por no preocuparla pero esa noche supo que pronto, demasiado pronto para digerirlo, el fracaso llamaría a su puerta y el futuro saltaría por su ventana. Y que en un suburbio de Norfolk, Virginia, los sueños eran aún más caros en Vallecas.

jueves, 17 de noviembre de 2011

Robert Johnson, maestro.

" El blues no es más que un hombre que se siente mal pensando en la mujer con la que estuvo una vez"

Robert Johnson.
Fue el rey de los cantantes de blues del delta. Escapó en varias ocasiones de los disparos efectuados por los maridos de sus amantes. En 1938 no pudo esquivar una dosis de veneno, y murió dejando un legado único para la historia. El mundo del blues en particular, y el de la música en general, está en deuda con un hombre fantasma, del que se desconoce la fecha y el lugar de nacimiento. Lo único que se puede asegurar es que su escasa obra, las veintinueve canciones que grabó en su acelerada y marginal existencia, son un documento imprescindible para entender la historia de este género mas vivo que nunca.
Johnson hizo un pacto con Satanás en un perdido cruce de caminos. Vendió su alma al diablo a cambio de tocar la guitarra como nadie; a cambio de convertirse en el mas grande de todos los bluesman. El príncipe de las tinieblas cumplió su parte, y Johnson se convirtió en el mejor. Ahora pone música al infierno en esas noches perras y calientes, impregnadas de humo y bourbon, con ese público de hijos de caín, que tuvieron en vida un porvenir mas negro que la piel de ese nieto de esclavos de lo mas hondo y oscuro de la desembocadura del Misisipi.

martes, 15 de noviembre de 2011

¿Acaso ella no te ama?

Caí rendido en la negra arena,
dejé escapar mi último aliento,
no quedaba sangre en mis venas,
la dulce llegó con el viento,
no opuse resistencia,
le reprendí por su tardanza,
me alegré por su tardanza,
me alegré por su presencia,
no bailé por librar su danza.
Se sorprendió de mi alegría,
preguntó por qué no la temía,
yo le contesté: porque amaba.
A lo que ella preguntó:
¿qué acaso ella ya no te ama?
¿o es que me la he llevado yo?
¿Cual era el nombre de tu dama?
- ¿Su nombre? ¿tanto importa eso?
ojalá pudiese olvidarlo,
olvidar hasta el primer beso,
Estrella, no puedo olvidarlo.
Si, así se llamaba ella.
No, ¿muerta? No, sólo para mi.
Quise alcanzar una estrella,
la besé, por siempre la perdí.
No se molestó en conocerme,
disparó al centro del corazón,
trofeo en su leja creyó verme,
no tuvo ninguna compasión.
Creí que podría cambiarla,
convertir su odio en amor,
es una egoísta, ¿matarla?
no, no le haría tal favor.
Ahora conoces la historia,
pedirte quiero una cosa,
¡muerte! ¡bórrame la memoria!
recordar sólo que era hermosa.

The drive mad.

martes, 13 de septiembre de 2011

Esencia de Blues.

Conozco a un socio que es un ideólogo de la vida, lo que yo llamaría un idealista versado -por jodido que sea de encontrar-, un filósofo en potencia de esos que bebe suelto y apartado, y habla con los camareros -a falta de otro interlocutor- en esas vigilias golfas y arrastradas en que la noche se confunde con la mañana y tres son infinidad. Un gentío. Casi un pelotón. A veces me lo encuentro rondando a la madrugada con un bourbon en una mano, y un cigarro negro en la otra cerrando los garitos que quizá nunca deberían haber abierto.
Bien. Hace poco coincidimos y hablamos. Me confesó, al hilo de una canción de los ZZ Top, su teoría sobre el blues. Iba algo –bastante- tajado y, entre guiños, tics y miradas infinitas, me contó los ingredientes que, según su ajada inconsciencia, debería tener un buen blues. Además de sus doce compases y sus cuatro acordes de rigor, el secreto del Blues se escondía en la letra. En su brillante disertación me dijo que había tres palabras que, bien combinadas, hacían de una canción un blues: “Yeah”, “Baby” y “Alright”. Afirmaba asimismo que había otra teoría mas ortodoxa que apuntaba a que un buen blues debía de empezar diciendo “I Woke up this morning”.
Entre trago y trago me contaba que la esencia del blues residía más en el argumento, en el contenido, que en la letra. “Un blues jodidamente bueno debe hablar de dolor, de abandono, de soledad y malos tratos... me entiendes Toni” me confesaba cercano al oído. Agucé las orejas y me bebí sus palabras, pues comprendí de inmediato que, con esta trama confusa y alcohólica en el aire oxidado del chiquero, tenía para un cuento de los que os relato en este foso. Siguió confesándome, entre idas y venidas mentales, que el blues clásico, el trivial, siempre llevaba parejo una guitarra y un canalla grosero y despreciable. Un bluesman.
Cuando empezó a disertar mirando atento al techo del tugurio con el orden de los versos, la melodía y la estructura musical, apuré el trago y amablemente me despedí. “Hasta la próxima asere. Y cuídate.” A fin de cuentas, y viéndolo así resultaba hasta fácil componer un buen blues:
                                                                           
I woke up this morning
Mi mujer me ha dejado, baby
I woke up this morning, alright
estoy desesperado, yeah, baby, alright.

I woke up this morning
Mi mujer me ha humillado, baby
I woke up this morning, alright
estoy despechado, yeah, baby, alright.

martes, 6 de septiembre de 2011

Interpretaciones.

"Todo lo que se puede contar, no siempre cuenta; todo lo que cuenta, no siempre se puede contar"

viernes, 19 de agosto de 2011

Interpretaciones.

Muere lentamente quien no voltea la mesa cuando está infeliz en el trabajo, quien no arriesga lo cierto por lo incierto para ir detrás de un sueño, quien no se permite por lo menos una vez en la vida, huir de los consejos sensatos.

Muere lentamente - Martha Medeiros

miércoles, 6 de julio de 2011

La danza de Araña

El invierno del 95 fue frío y oscuro como un amanecer en el polo. En aquellos años casi todo me sonaba a música. Los coches, las jarras de cerveza, incluso los pasos de cebra con el obsceno susurro de los semáforos, despuntaban la magia y presentaban ritmos que recorrían mis cañerías y me contagiaban alegría. Cuando no había demasiado; ni cambios de sentido, ni señales de prohibido, ni pasos de cebra, ni cuerpos prohibidos, el Black Dog era mi paso obligatorio en las tardes de domingo. Allí paraba mientras la tierra giraba. Detrás de la barra estaba el Lillo; bailando con su sombra, jaleándose a sí mismo, cantando a voz viva las canciones del último grupo que había descubierto. Aquella tarde fue incomparable, eterna, absoluta. Sacó un cede que traía de casa y haciendo el  molinete característico que precedía a su voz de grillo borracho me dijo: “Puro Rock n´ Roll, subnormal”. Luego, le dio al play y se lanzó a silbar mientras taconeaba el ritmo de Los Chicos del Coro, de los Buenas noches Rose.
Ya van para veinte años de aquello. O casi. Aquella tarde se me apareció el espectro  de un grupo diferente y que aún hoy me niego a enterrar. Sonaban con la rebeldía discrepante y perra del que se sabe que no va a durar mucho, pero que perdurará en el tiempo. Eran artistas de raza, de ese Madrid post-movida, que no transigía en volver a ser secundario y quería continuar en la vanguardia. Su música te hacía bailar a empujones, casi a contraviento. A contrapelo. Buenas noches Rose, grabó su segundo disco en el 97, ya con una multinacional y se fueron de gira. A sus veintidós años Jordi, el cantante, ya era un gigante encima del escenario. Un espectáculo hipnótico. En plena gira, en su mejor ola, desapareció. Aquello fue el final. Un par de años después dieron unos cuantos conciertos y decidieron grabar un nuevo disco antes de buscarse cada uno sus castañas en otro árbol. Rubén y Roberto se juntaron con el Leiva para inaugurar Pereza. Alfredo se instaló en Le Punk. Jordi "Skywalker" seguía sin aparecer en un lugar entre el cielo y el mar escuchando los susurros del alma. Aquello fue hace una pila de inviernos y aún lo recuerdo. El legado musical de los Buenas Noches Rose en esos tres años juntos fue una obra de arte imperfecta, pura y sin prejuicios.  Ahora que hemos roto muchas hojas de almanaque, me siguen deslumbrando como un tesoro recién descubierto. Como si el humo de los tiempos no hubiese conseguido emborronar ninguno de sus resplandores. Si tenéis oportunidad escuchadlos y disfrutad. Preparaos para Rock n´Roll.
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domingo, 12 de junio de 2011

Sesión vermú (mucho mejor que hoy)

Corría el año 92. Después de ese turno de oficio que era la selectividad el verano se presentaba bestia, casi irreverente. El insufrible calor inicial dio paso a las nubes oscuras que chispearon los triunfos que se revelaron después. Fue el año de Barcelona, que se pintó de multicolor los morros; que se abrió al mundo y lo sorprendió con cosechas deportivas inesperadas. Yo andaba tiritando a calzón quitao mojando las madrugadas con piscina olímpica de güisqui y humo dulce, por aquello de las fechas. En las emisoras nacionales sonaban los Siniestro Total, que andaban de gira con aquel “Ante todo, mucha calma”. Era el grupo más gamberro y desvergonzado del panorama nacional de la época. Puro punk rock gallego contra el hastío y el empalago. Mis recuerdos de aquel periodo, -difusos y oscuros, casi negros- , invariablemente se me presentan silbando el Bailaré sobre tu tumba o el Miña terra galega, aquel aire nativo con la música del Sweet Home Alabama, de los Lynyrd Skynyrd. Ese verano los conseguí ver en directo. Era una noche de agosto de aquel año deportivo mundial. No recuerdo dónde, -cosas de la difusión mental o de la oscuridad intelectual de la vejez-, pero sí tengo a buen recaudo en mi quijotera, -como si lo tuviera delante-, a Julián Hernández, el vocalista, con sus eternas gafas oscuras, sus zapatones pisamierdas y su corbata negra de cinta, recreado y tangencial susurrando a capela el Todo por la Napia tan escalofriante como divertido.

Siniestro Total ha sobrevivido todos estos años bajo el sabio mando de  Julián y han llegado a formar parte de la banda sonora de muchos españoles desde hace 30 años. Es un grupo de culto con un reconocimiento limitado. Hoy me desperté silbando y me apeteció darles un homenaje particular. Sé que no es el que se merecen pero es el mío. Y si consigo, con mi recuerdo en este foso, refrescaros la memoria no será en vano. Ya sabeis, tres son multitud.

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domingo, 8 de mayo de 2011

Manny Pacquiao, el gallo de medianoche.

Ayer deambulé despierto hasta la madrugada. La vigilia tenía sentido. Quería ver   el combate de boxeo entre el  filipino Manny Pacquiao y el yanki Shane Mosley.  Amanecía ya cuando empezó la velada. En juego estaba el título mundial del Peso Welter.
Pacquiao, ese perro callejero que se come a bocados los cojones de sus rivales, no fue excesivamente duro con el norteamericano. En el tercer asalto ya lo había mandado a la lona y fue durante el resto especulando con el resultado para no darle un excesivo castigo a Mosley, que estaba mas pendiente de no recibir, que de dar.  “He peleado con el mejor boxeador del mundo, y nadie hasta ahora me había golpeado de esta manera”, declaró Mosley después del combate. Y estaba en lo cierto. Manny Pacquiao pasa por ser, en mi estólida opinión,  el mejor boxeador de todos los tiempos junto a Muhammad Ali y Rocky Marciano. Como muchos de los grandes fenómenos de la historia, Manny tuvo una infancia dura. Con 16 años se marchó de casa rumbo a Manila cansado del borracho de su padre. Su infancia, antes de coger puerta, tuvo muchas similitudes con la vida del protagonista de aquella película india que ganó un Oscar hace no mucho tiempo, Slumdog Millionaire. La puntilla que ocasionó la fuga hacia el éxito fue aquella noche en la que su padre llegó a casa más cargado de lo normal, y cometió la barbaridad de matar al perro que tenían como mascota, freírlo y comérselo a bocados delante de él. Después, ya en Manila, empezó a ganarse la vida vendiendo rosquillas y recorriendo con fuerza los días obligado a pelear. Dos años después disputó sus primeros combates. Para ganar, con un físico no dotado para el boxeo, tienes que tenerlos bien puestos en su sitio y no achantarte. Eso fue lo que hizo cuando saltó al cuadrilátero aquella fría noche de Diciembre de hace tres años en Las Vegas dispuesto a acabar con el mito de Oscar de La Hoya. Dicen los que saben,  que Manny Pacquiao es el mejor púgil del mundo, libra por libra. Sus títulos mundiales en seis pesos diferentes así lo atestiguan.
Y que queréis que os diga yo, que este jambo me tiene impresionado. Cuando le alcanzó el invierno, se le acababa el tiempo y nadie le esperaba para cenar, con mucho esfuerzo y abriéndose camino a base de ostias, ha dado sentido a una vida que empezó siendo tan perra. Así que yo hoy brindo por ti Manny, porque la muerte, -cuando te llegue, y que sea tarde-, te pille bailando. En el Ring.
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domingo, 10 de abril de 2011

Machín, el rey del Bolero.

Frecuenté a Machín y su música hace ya una pila de años cuando, de mancebo, mi padre ponía en el casete del coche alguno de sus discos en el trascurso de algún viaje. Yo era un doncel, ya os digo, que buscaba el equilibrio perfecto y buceaba a pulmón entre las letras del Sabina y las guitarras de Barón Rojo. También estaban los Doors, Led Zeppelin y los Leño pero eso fue mas adelante. O a la vez, no lo recuerdo bien. El caso es que, escuchando a Machín, descubrí un género vivo donde habitaban los tres tiempos; el ayer, el hoy y el mañana.
Hijo de padre gallego, nació en los extramuros de Sagua La Grande, al abrigo de la Sierra de Jumagua, allá en Cuba. Desde pequeño su pasión fue la música. Aprendió muy pronto a tocar la guitarra y sobre todo, a acompañarse de sus maracas, que nunca abandonaría, para capitular los sones de su tierra. Para cantar con el aroma de su raza desfilando en su gollete. Empezó desde abajo; desde muy abajo. Tuvo que trabajar muy duro desde chinorri hasta convertirse en el cantante de la mejor orquesta de La Habana allá por el año 1929. Luego, en el devenir del tiempo, llegó a ser testigo y banda sonora de las historias de amor de toda una generación en unos años muy jodidos. Fueron tiempos de hambre, necesidades y miedo.
Anoche me acosté tarareando “Angelitos negros” y esta mañana de sol, me enderecé para honrar su memoria. Recién levantado buceé en la Internet para ver algún video suyo y aún con la tripa urgida empecé a escribir con el ímpetu que hace que me tiemble el folio. Fue un tipo serio, humilde y con un estilo muy personal para el bolero. Dentro de poco se cumplirán cien años de su nacimiento y, como todavía vive en el recuerdo y la memoria de muchos a través de sus canciones, toca felicitarlo. Enhorabuena rubio, fuiste el rey.

domingo, 6 de marzo de 2011

Bettye LaVette


Con el permiso de mi señora, hace una montoná de años que me enamoré de ella. De su voz con olor a aguardiente y a noches en vela. Su melodía es cuestión de tripas; de vómitos de sentimiento. La empecé a escuchar hace una pila de abriles y nunca la he podido ver en directo. Su tremenda voz me transporta a mis años mozos, cuando velaba madrugadas de crápula y Alicante no andaba muy sobrado de arte. Se me asomó una noche de luna nueva, noche etílica, de insomnio, y sábanas sin deshacer.
Sus padres vendían güisqui, y la gente iba a su casa a escuchar música y a beber, así que ella aprendió a hacer ambas cosas muy pronto. Demasiado pronto. Su voz penetra al oído con un regusto a alcohol y seducción. Sus canciones hablan de besos perdidos, de cicatrices abiertas y amores emputecidos. Cada vez que se acerca al micro, denuncia lo que muchos callan. La noche del 7 de diciembre de 2008, en el Centro Kennedy de Washington, se celebraba una gala que homenajeaba, entre otros, a Pete Townshend y Roger Daltrey de Los Who. Bettye Lavette subió al escenario prudente, casi con miedo, a interpretar un clásico de su discografía. “Love Reign O`er Me”, de su mítico álbum Quadrophenia. Casi ná. Cuando terminó, Pete Townshend estaba llorando. Dijo que había sido la mejor versión de una canción suya que había escuchado nunca.
El próximo domingo día 20 Bettye LaVette, pasará por Alicante. Por el Palacio de Congresos. Si todo va bien, allí estaré. Porque la noche obliga.

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sábado, 25 de diciembre de 2010

Ná es eterno

“que desgraciao es mi sino
que nadie me da calor
dondequiera que me arrimo”

Conocí al Camarón en el Tablao de Torres Bermejas en Madrid. A dos minutos de la plaza Mayor, esquina Gran Vía. Yo venía de algunas relaciones tormentosas y quise coger aire en aquel Madrid de finales de los setenta. Nos entendimos rápido. A él le interesaba mi historia y a mí la suya. Era un tipo silencioso, enigmático, introvertido y llano, áspero y a la vez, próximo. Iracundamente benigno y sentimental.
Por aquel entonces se sentía culpable de ser libre, y cantaba con el sabor dulce del arrope metido en la garganta. Lo conocí, como dije, una noche en aquel tablao y a partir de ahí nos hicimos inseparables. Nos ligamos de por vida. Sus conocidos nunca me miraron bien. Aún tengo presente la mirada ejecutora y fija de Paco de Lucia cuando nos presentó José. Yo nunca quise entrar al trapo. Después, cuando el espacio quedaba mudo jugábamos a ser perpetuos. Lo acompañé infinidad de ocasiones por su barrio nativo allá en San Fernando. Ese barrio de las callejuelas donde se mantenía vivo. Donde olía a jondo, muy jondo y donde se palpaba ese vicioso hedor de la derrota. Le cogía del brazo cariñosamente cuando paseábamos por la calle Real a esas horas desoladas del alba, cuando las gaviotas asomaban en el horizonte.
Ahora que ya no está me acuerdo mucho de él. Ese aroma a noche y a misterio. Sus pelos largos, sus pantalones de campana, y la grifa. Mucha grifa. Recuerdo esa luna taleguera y creciente tatuada a fuego en el pellejo de su mano, justo al lado de la estrella de David, el cigarrillo vivo entre sus labios y su poblada barba agitanada. Su voz arañaba la dulzura. Su abatido quejío traspasó las esencias de su pueblo. Yo lo vi. Yo estuve allí. Desde aquella noche en el tablao fuimos las dos partes de un todo.
Permitidme que me presente. Me llamo Candy Brown Sugar. Jaco, para los amigos.
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jueves, 18 de noviembre de 2010

lachiado


El viento lleva soplando desde hace la tira de días. No he salido de casa más que para trabajar en estas últimas jornadas de quehacer y honradez. Me labro el mañana como me dejan y porque no, como persigo. Cuando reposo el trajín me siento un rato a escarbar en la internet y a leer musicando las novelas que me endiño. Es lo que hago. En ocasiones se me vira la pinza y  dejo llevar mi abstracción más allá de la carretera que linda mi refugio ya de noche.
El otro día, cayendo la luna al suelo, descubrí gracias a ese engendro llamado Twitter que alguien me seguía. Decidí en ese mismo instante perseguirle yo también por aquello de la intriga y la sorpresa. Me encontré con lachiado. No tenía el gusto de conocerla, creo. Tropecé con una voz que no sonaba por sonar, sino por el gusto de ser voz. Descubrí un léxico gamberro escrito en oro de ley, sentido del humor, y una falda agitanada haciendo mover lunares. Ahora que quieren cantar hasta los que no saben, ahora, suenan soplos de aire fresco y cascabeles. Que grande.
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lunes, 1 de noviembre de 2010

De La Escala al cielo.

Después de la resaca que me dejó el fin de semana; con cena y humo bajo las luces de la noche el viernes, futbol del bueno a diez metros de los sueños el sábado, ahora toca cambiar de tercio y volver a proyectar  las palabras, desde el pasado, rumbo al futuro. En estos días me he dedicado a naufragar en la jodida internet a raíz de un correo recibido de un amigo sabio y fiel, que me retaba, si tenía huevos, a escribir algo sobre un gachó de Santander digno de mención en este foso.

La holgazanería propia de un puente como este, deja tiempo para estas cosas y, sobre todo, deja tiempo para leer y labrar el recuerdo con personajes pasados. Ayer me pasé media noche leyendo chismes de este jambo, para ver si se me pegaba algo. Y como lo único que se me anudó a la quijotera fue el letargo atrasado mezclado con grandes dosis de flojera, decidí levantarme temprano para dar a conocer, o  correr la voz de la vida y milagros del desenvuelto cántabro Ceferino Carrión, - que así se llamaba antes de viajar a las Américas-, y agradecer el cable que me tiró mi socio para seguir articulando letras en esta trinchera. Estamos pagados.

"Jean Leon era un hombre al lado del cual Frank Sinatra parecía un gilipollas" dijo el maestro Sabina hace unos años cuando un periodista le preguntó por el hombre que logró, no sin esfuerzo y penurias, tener a la crème del luxe y del glamour del  Hollywood haciendo cola a las puertas de su restaurante en Los Ángeles. Lo jodido era encontrar a alguien que no hubiera pasado por sus mesas para dejarse llevar por los sentidos. Por las mesas de La Escala pasaron presidentes, actores, actrices, vividores, chuloputas, golfas, héroes, canallas y demás fauna que brillaba mas que la luz de un naipe recién estrenado. A todos, Jean les enseñó a comer porque no tenían ni puta idea. Antes de La Escala, solo habían Güisquis y Bistecs; después vino el sentido y la exquisitez. Siempre anduvo buscando el caldo perfecto; fue una de sus eternas luchas. Caminó durante años sobre las brasas del lujo con la agilidad de un tigre de bengala. Su historia, singular, genial y envenenada por un destino cabrón que nos marca las cartas al nacer. Lejos de Hollywood, pasó sus últimos días navegando con unas amigas tailandesas antes de fallecer, el 6 de octubre de 1996. 

P.D. La revista Wines eligió en 1993 su cabernet sauvignon del 83 como uno de los 10 mejores caldos del mundo. Si queréis probar alguno, tendréis que aflojar la faltriquera. Hasta llegar al fondillo.

http://www.jeanleon.com/esp/index-esp.html
 
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jueves, 21 de octubre de 2010

Pensando...que es gerundio.

"A veces pienso que deberían darse cursos sobre cómo utilizar correctamente los buscadores, sería el tiempo mejor invertido por muchos (como dicen los economistas, tendría un ROI muy atractivo, se recuperaría la inversión en cuestión de días y el resto de la vida sería todo ganancias)."

Manuel Pereira Gonzalez

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lunes, 2 de agosto de 2010

Leyenda viva.


”Sí, quiero ser famoso. Y no, no quiero cumplir treinta años.”

- Brian Jones. Rolling Stones. Guitarra...y demás.

sábado, 10 de julio de 2010

Morir a los 27 … James Douglas Morrison.


“If the doors of perception were cleansed everything would appear to man as it is, infinite”
Eran tiempos casi de ficción. Tiempos pasados de extremos que se tocan. De luces y sombras.  
Al igual que ocurre con otros mitos, el Rey Lagarto tuvo que morir para convertirse en leyenda. Pocos son los que entran en el paraíso. Ese paraíso donde están los que dejan huella. Algunos los comenté en este pozo tiempo atrás. Otros, continuarán la saga. Casi todos los artistas cuando mueren, mueren también para su público. Sin embargo, con Jim Morrison, - como con otros tantos-, pasó justo lo contrario. El domingo pasado se cumplieron treinta y nueve años de su muerte en París. Sin embargo, sigue arrastrando tras de sí un tropel de aficionados que se amplía a medida que el tiempo se sobreviene. Yo soy uno de tantos. 
El fue la esencia de los Doors y una de mis referencias, junto con los Rolling, Extremoduro, Barón Rojo, y la naturaleza. Los descubrí casi de casualidad por mi hermano Kico. Después, recuerdo, estuve meses escuchando casi sin tregua el Absolutely Live. Fue su primer vinilo en directo. Contenía versiones extendidas en vivo de sus principales clásicos y salió a la luz tal día como hoy de hace cuarenta años. Recuerdo que se lo sisé, -no tenía capital para comprarlo y andaba ya descatalogado-, al hermano de por aquel entonces mi compañera de camino. He de confesar aquí que en aquellos días yo trajinaba ocupado en aporrear las puertas del cielo que cantaban los gansanrousis versionando al viejo Bob.  
Me sedujo la portada. Una foto captada al vuelo de la luz tenue con el Morrison en primera plana y la sombra de un John Densmore al fondo aporreando la batería. La imagen del semblante concentrado de Jim, con el micro entre las manos; esos pantalones de cuero con el cinturón hortera, casi de mujer; y es que este payo era un transgresor, un iluminado pecador, con tintes de delincuente. 
Los Doors se diferenciaban de todos los grupos de Rock porque no usaban bajo en sus conciertos. En vez de esto, Manzarek tocaba las melodías del bajo con la mano izquierda y las melodías de órgano con la mano derecha en su piano Fender de doble altura. Fueron los únicos en su época, -mucha culpa tuvo Jim-, que les plantaron cara con éxito a los Beatles o a los Rolling.  
Para mí fue la llave, el interruptor de una luz que alumbró rincones que hasta entonces permanecían ocultos. Canciones con letras que me llevaron a otras lecturas que ampliaron mi conciencia rota. Tiempos de lunas y madrugadas. Tiempos raros.
“Yo soy el Rey lagarto. Yo parto y reparto”
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